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¿Celebramos en nuestro equipo de trabajo?

¿Es la celebración una emocionalidad disponible en tu organización? ¿O se lo considera una pérdida de tiempo o dinero, propio de “equipos blandos”?




Consideramos a las emociones como un estado “que nos predispone a una acción determinada”.

En efecto, no tendremos disponibles las mismas acciones si nos encontramos frente a una emoción de “frustración” que una de “entusiasmo”. Nuestros comportamientos serán bien diferentes por cierto.

¿Qué entendemos por celebrar? Según mi propia perspectiva, es un espacio de reconocimiento, valoración y gratitud que nos brindamos mutuamente como equipo.

No se trata de organizar “una fiesta” (aunque a veces cuando el logro alcanzado es extraordinario algunas empresas lo celebran de esta manera), sino de la actitud desde la cual elegimos relacionarnos con el otro, mientras coordinamos acciones con el fin de alcanzar y superar nuestros objetivos.

¿Esto quiere decir que podemos celebrar aunque no hayamos alcanzado los objetivos?

Esto puede ser particularmente “duro de comprender” para las organizaciones que incluso tienen dificultades para celebrar los objetivos legítimamente alcanzados.

Veamos el aprendizaje que realicé observando al seleccionado argentino de vóley.

Ellos, entre punto y punto, suelen “chocar sus manos” entre sí aunque no hayan ganado el punto. La razón de ello es que son conscientes de que “el partido no ha terminado aún” y necesitan del máximo esfuerzo de todos para poder ganarlo.

En efecto, como miembros del equipo reconocen que todos han jugado al máximo de sus posibilidades con el fin de alcanzar el objetivo anhelado. Y cuando lo han hecho en coherencia con sus propios valores, alcanzan lo que Fredy Kofman (ver libro “La empresa consciente”) llama el éxito más allá del éxito.

Esta es una dimensión no valorada especialmente en las sociedades “exitistas” en las cuáles sólo se valora el triunfo. Si prestamos atención a las historias de éxito que inspiran, éstas generalmente sólo muestran el resultado final, sin considerar los desafíos y obstáculos que han tenido que superar en el camino al logro.

Veamos el caso de Thomas Alva Edison. Según cuenta la historia “falló más de 1.000 veces” antes de lograr inventar la bombita de luz. Bajo la perspectiva de sólo valorar el éxito, esto constituía en sí mismo un fracaso. Pero yo invito a la siguiente reflexión:

¿Podría Edison haber descubierto finalmente la bombita de luz, sino hubiera capitalizado el aprendizaje que le reportó los “fracasos anteriores”?

Esto quiere decir que aún “fracasando” en la búsqueda del objetivo podemos no sólo celebrar el esfuerzo, sino también, el aprendizaje obtenido durante el proceso.

Ello nos colocará en una emocionalidad que abre posibilidades (como consecuencia del aprendizaje), y nos pondrá un paso más cercano del logro. En otras palabras, nos conectará con el futuro (“¿Qué nos hace falta para lograrlo?”) y no con la frustración de no haberlo logrado que nos deja anclado en el pasado.

No se trata entonces del autoconsuelo que a veces suele aparecer en aquellas personas que se victimizan, sino de generar un espacio de reflexión que nos permita  renovar nuestro entusiasmo y compromiso con alcanzar los objetivos compartidos.

¿Será esta la mejor forma de evitar la resignación que adoptan aquellas personas que se sienten superadas por las circunstancias? Ustedes eligen.

 

Autor: Santiago María Guerrero - Coach Ontológico Profesional
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